Cerebro y Empatía. Implicaciones en la educación y la resolución de conflictos
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La presencia de conflictos escolares es uno de los problemas actuales más importantes en el campo de la educación. Procesos como la empatía parecen ser claves para solucionar dichos conflictos e incluso evitar que se generen.
Todos estaremos de acuerdo en que para ser un buen profesor no sólo hace falta dominar la materia, sino también tener la capacidad de ponerse en el lugar del alumno. El perfecto educador es aquel que antes de preparar las clases se plantea: ¿Qué es lo que le interesa al alumno? ¿Cómo puedo despertar su atención y mantenerla a lo largo de toda la clase? No menos importante es la capacidad del docente para resolver los posibles conflictos que acontezcan en las escuelas. Una de las herramientas con las que cuenta el cerebro humano para afrontar todos estos desafíos es lo que a nivel psicológico se conoce como empatía.
Con el objetivo de reflexionar acerca de estos aspectos, la cátedra “El Cervell Social” inaugurará el 10 de Abril un diálogo virtual que lleva por título 'Empatía y prejuicios'.
El diálogo partirá de dos textos ('Conflictos y emociones' y 'Modelos organizadores y aprendizaje de resolución de conflictos') que ponen de manifiesto el hecho de que podemos aprender del conflicto. Estos documentos, seleccionados por la psicóloga y educadora Xus de Miguel, harán reflexionar a la bióloga y primatóloga Carme Maté acerca de las similitudes que existen entre nosotros, los humanos, y nuestros antepasados evolutivos, los primates.
Referencias bibliográficas del diálogo:
Capítulo de libro:
'Conflictos y emociones: un aprendizaje necesario' (Cap. 5; págs, 61-70) del libro “Aprender del Conflicto. Conflictología y educación” coordinado por Eduard Vinyamata (2003). Barcelona. Ed. Graó
¿Existe la empatía o capacidad de resolver conflictos en nuestros antepasados los primates?
¿Qué papel juega la educación (en el caso de los primates, el aprendizaje social) en los procesos empáticos? ¿Hay estilos diferentes en la resolución de los conflictos en función del sexo?
Para poder identificar si los primates tienen o no capacidad empática es necesario definir de forma operativa qué se entiende por empatía y realizar minuciosas observaciones que demuestren, o no, la citada capacidad. Si definimos la empatía como la capacidad de ponerse emocionalmente en el lugar del otro, es decir, entender el estado emocional de otro sujeto, podemos confirmar que muchas especies de primates poseen esta habilidad. Podríamos decir que la empatía y el compañerismo son dos aspectos de nuestra conducta que compartimos con todos los primates. Si lo enfocamos ontogenéticamente, observamos como un recién nacido, al oír llorar, llora. Eso se conoce como “contagio emocional” y es la base de la empatía. Por tanto, tenemos impulsos hacia los demás que más adelante nos llevarán a preocuparnos por ellos. Si miramos detalladamente familias, grupos o géneros de primates, podemos valorar esta capacidad. Pero para poder avanzar en nuestras reflexiones nos centraremos en los simios, y entre ellos destacaremos ejemplos de situaciones concretas en gorilas, chimpancés y bonobos, muy cercanos en la escala filogenética a los humanos.
Linda, la mamá bonobo
Un ejemplo explicado por Frans de Waal en “El mono que llevamos dentro” refleja como una bonobo que se da cuenta de la necesidad de otra bonobo, le ayuda a satisfacerla.
Concretamente, la hija de la bonobo Linda hizo el gesto de “ponerse de morros”, lo que significaba que quería ser amamantada. A pesar de que la madre ya no producía leche, entendió perfectamente el mensaje de su hija y fue hacia una fuente para llenarse la boca de agua. Después fue a sentarse junto a su cría y le mostró los labios para que pudiese beber de ellos. Linda tuvo que ir tres veces más a la fuente hasta que su hija quedó satisfecha.
Binti, la heroína del zoo de Chicago
El caso de empatía más famoso fue el protagonizado por la gorila Binti en el Zoo de Brookfield en Chicago. Binti socorrió a un niño de tres años que se había caído desde una altura de 5 metros al interior del recinto de los gorilas. Binti reaccionó enseguida y recogió al niño en brazos. Después se sentó con él en un tronco y lo meció dándole suaves golpes para ver si reaccionaba, finalmente entregó al niño al personal del zoo.
La otra cara de la empatía, como capacidad de entender al otro, también permite herirlo de forma deliberada . La compasión y la crueldad se fundamentan en la capacidad de imaginar cómo afecta el comportamiento propio en los demás. En este sentido, la empatía es la base para entender las relaciones triádicas, hacer coaliciones para conseguir el poder, actuar como mediador en un conflicto y reconciliarse, que son las maneras de resolver los conflictos en las sociedades de los primates. Cuando hablamos en estos términos, siempre nos imaginamos a los chimpancés como políticos conspiradores, pero también se han observado agresiones y reconciliaciones en los bonobos, a los que podríamos calificar como los maestros de la reconciliación.
No sólo los humanos son capaces de practicar las relaciones triádicas. Los chimpancés también captan la importancia de las coaliciones entre diferentes miembros. Cuando hay desavenencias entre los miembros de una coalición de chimpancés, éstos buscan la manera de reconciliarse. Básicamente, el que tiene más que perder es el que tiene más rango y por tanto más interés y necesidad de reconciliarse.
En los chimpancés también se observa y se identifica perfectamente el rol de mediadores, o mejor dicho “mediadoras”. La intervención de las hembras es la que normalmente evita el conflicto entre los machos. Las hembras suelen interrumpir los altercados descontrolados entre los machos, algunas veces al inicio del enfrentamiento. En el momento que ven que agarran piedras o palos, simplemente se acercan a ellos y les quitan los objetos de las manos, dejándolos “descolocados”. Otra estrategia es favorecer la reconciliación post-conflicto, acercándose a cada macho “enemistado”: espulgan primero a uno y después al otro hasta que consiguen que se acerquen y se espulguenentre ellos. Pero no todas las hembras del grupo son mediadoras. Esta responsabilidad recae sobre la hembra o las hembras más veteranas y que tienen una posición superior en la escala jerárquica, es decir, aquélla o aquéllas que sean respetadas y reconocidas como tal, tanto por las hembras como por los machos del grupo. Con la figura de las mediadoras podemos encontrar paralelismos en las experiencias relatadas por Xus de Miguel (ver texto: Modelos organizadores y aprendizaje de resolución de conflictos).
Observando cómo son los conflictos de los chimpancés, obtenemos mucha información sobre su dinámica social. Por ejemplo, simplemente midiendo el tiempo que tardan en reconciliarse, se pueden hacer predicciones muy precisas de la importancia de la relación entre los dos o tres individuos implicados en el conflicto. Así, cuando el conflicto se produce entre hembras amigas, en seguida se reconcilian, para no romper su amistad y reforzar los lazos afectivos entre ellas. Sin embargo cuando la batalla se produce entre hembras que no tienen fuertes lazos afectivos, puede pasar más tiempo hasta que se reconcilien.
¿Habéis observado diferencias en el tiempo de respuesta para alcanzar una solución cuando hay conflictos entre niños y niñas?
Xus de Miguel.Texto número 1. Reflexiones a partir del texto 1 de Carmen. 4-4-2008, 15/04/2008
Definamos para empezar a dialogar
Puesto que nuestro objetivo es reflexionar conjuntamente sobre el tema `Empatía y prejuicios`,empezar por definir estos términos, como hace Carmen Maté, me parece un paso previo necesario. Y para completar las definiciones que propone, me remito, por una parte al `Diccionario de Psicología`,de Friedrick Dorsch, y por otra al Diccionario Larousse. En el primero, la empatía aparece definida como `la capacidad de situarse en el lugar de otras personas, de compartir sus sentimientos a base de la percepción de su expresión o por haber experimentado conjuntamente con otras personas la misma situación o por tener conocimiento de su estado psíquico`. En el segundo, encontramos una definición de `prejuicio` en términos de `una acción y un efecto, el de juzgar las cosas antes de conocerlas o sin tener conocimientos suficientes sobre ellas`.
En consecuencia, cuando decimos de alguien que `empatiza con…´ le estamos atribuyendo la habilidad de contemplar, al mismo tiempo, los propios sentimientos y los de las personas que le rodean. A diferencia de quien siente empatía, quien prejuzga confunde sus ideas y sus sentimientos, en relación a las cosas, a los acontecimientos o a las personas, con las cosas, los acontecimientos o las personas mismas. Y así, al hacer de su pensamiento `la realidad´, se cierra a lo que ésta tiene de característico, de diferente, de enriquecedor. La niega. Y al negarla, renuncia a una de las cualidades fundamentales de todo ser vivo, y de la especie humana en particular, la de evolucionar mientras se relaciona con su entorno, lo conoce e influye sobre él.
Y dado que estos dos términos, `empatía´ y `prejuicios´ aparecen relacionados en el título que se propone como tema de esta actividad, sólo nos falta, para acabar de enmarcar el tema que nos ocupa, preguntarnos sobre los lazos existentes entre ellos, y sobre su papel en las relaciones sociales y en la resolución de los conflictos que la vida en sociedad genera.
Prejuicios, una barrera para la empatía y una semilla para el conflicto
Podría parecer, si nos ceñimos a su significado, que nos enfrentamos a una oposición en la que cada uno de los términos niega al otro. ¿Acaso no resultan los prejuicios barreras insalvables para la empatía? ¿Puede ponerse en el lugar `del otro/de lo otro` quién no sólo parte de juicios previos sobre el mundo sino que hace de ellos la única realidad posible, en un momento determinado? La respuesta nos parece, en un primer momento obvia. No se puede compartir lo que una se niega a conocer.
Sin embargo, y desde el punto de vista psicológico, los juicios previos sobre lo que nos rodea y las miradas que, más allá de nosotros y de nosotras mismas, nos permiten aprehender lo que de específico y diferente tiene el mundo, no son sino momentos diferentes de un mismo proceso, el de conocimiento y vida.
¿Qué pasa cuando las cosa se nos resisten, cuando las situaciones y los fenómenos escapan a nuestro entendimiento? Surge el conflicto. Y, curiosamente, es el conflicto el que marca un punto de inflexión fundamental en el proceso. Porque, ante él, el sujeto puede 1) `enrocarse` en sus ideas previas y bloquearse ante todo lo que las contradiga; o, por el contrario, 2) puede aceptar que el objeto o el fenómeno físico presenta características que no había previsto, que las personas expresan sentimientos que para él eran desconocidos hasta el momento. Y son estas dos actitudes las que marcan la diferencia.
&Al hacer de los juicios previos la única realidad posible, el sujeto se cierra al mundo, y al cambio y la evolución que lo define como especie. Si, por el contrario, acepta que la suya es sólo una, de las múltiples miradas posibles desde las que contemplar lo que le rodea, entonces está en disposición de abrirse a lo no previsto, a lo nuevo. Está abierto al conocimiento de `lo otro/el otro/la otra`. Su `ser en relación` adquiere entonces todo su sentido.
En la piel del otro
Pero retomemos el concepto `empatía` y pongámoslo, ahora, en relación con estas dos actitudes. Quizás nuestra primera reacción haya sido la de asociar la empatía con la segunda de dichas actitudes: la que nos habilita para incorporar lo diferente. Sin embargo, al releer la definición del Diccionario de Psicología, podemos percatarnos de un matiz, sutil, que puede enriquecer el concepto y que, al mismo tiempo, puede arrojar alguna luz sobre las semejanzas y las diferencias existentes entre la capacidad de empatizar de los primates y las personas.
Encuentro, en la explicación, dos niveles diferentes asociados al término `empatía`. El primero queda reflejado en una parte de la definición, la que habla de la `capacidad de situarse en el lugar de las otras personas, de compartir sus sentimientos a base de la percepción de su expresión… o por tener conocimiento de su estado psíquico`. El segundo que se deriva de la parte de la definición que hemos omitido: `… haber experimentado conjuntamente con las otras personas la misma situación…`. Este último nivel nos permite intuir que una de las condiciones de la empatía, que es la de compartir con `los otros` las mismas situaciones, y por ende, las mismas sensaciones y sentimientos; del primero se desprende un concepto de empatía más evolucionado en tanto en cuanto exige, de las personas protagonistas, la capacidad de entender sentimientos `de la otra`, pese a no haberlos experimentado personalmente ni haber vivido las mismas situaciones.
Y ya en este punto del discurso, no queda sino preguntamos por la diferencia entre una y otra acepción de empatía.
Ponerse en el lugar de quién ha experimentado los mismos sentimientos o ha vivido las mismas situaciones, exige, únicamente, mirar `al otro/ a la otra` desde las ideas previas que uno ha elaborado cuando protagonizaba aquella situación. Una capacidad que al no requerir sino el compartir experiencias, no sólo está presente desde la infancia, sino que también podemos encontrarla en otras especies. En este sentido, Linda (la madre bonobo) o Binti (la gorila del Zoo de Brookfield) de las que nos habla Carmen, pueden, al igual que el alumnado de 3 y 4 años de mi escuela, mostrar interés por una compañera que llora, e incluso ofrecerse a ayudar a un compañero que está en dificultades.
Para entender una conducta de otra persona, cuando no se corresponde con la que una misma manifestaría en una determinada situación, hace falta, algo más. Presupone la capacidad de diferenciarse, una misma, de lo que le rodea y de las otras personas; de entender que lo una piensa sobre el mundo no refleja, necesariamente, sus características, que lo que siente o desea no tiene por qué parecerse a lo que sienten o desean otras personas. Requiere de unas capacidades, la de observación, la de abstracción, la de descentración del propio punto de vista, la de multiplicación de perspectivas o la de generalización (por citar sólo algunas) que posibilitan la coexistencia de realidades diferentes, de visiones complementarias de una misma realidad.
Los conflictos que protagoniza nuestro alumnado, y que son motivo de reflexión en uno de
los capítulos que hemos escogido como punto de partida para este diálogo con Carmen (link texto), ponen de manifiesto, precisamente las dificultades a las que se enfrentan cuando intentan resolver un problema con sus iguales, y evidencian la necesidad de potenciar aquellas capacidades para superar estos límites.
Cuando Carmen explica algunas de las maneras de relacionarse de los bonobos y chimpancés, encuentro muchas similitudes con algunas de las conductas de nuestros niños y nuestras niñas. Ellas y ellos también establecen alianzas para conseguir `cuotas de poder`. Ellas y ellos también siguen a quien `ostenta el poder`
Pero aún hay otra cosa que me ha llamado más la atención. Las actitudes mediadoras de las hembras. Por una razón. Por que, salvando las distancias, podrían formar parte de los objetivos a conseguir en una buena programación que pretendiera la resolución adecuada de conflictos.
Lo cual no deja de impactarme. ¿Cómo puede ser que a nivel técnico, científico y tecnológico sea tanta la distancia que nos separa de nuestros antepasados y, en cambio, a nivel de relaciones interpersonales nos asombren sus conductas por lo que tienen de evolucionado, desde nuestro punto de vista?
Me gustaría, en los próximos intercambios, profundizar en dichas semejanzas y dichas diferencias. Para hacer de ellas, nada más y nada menos que motivos de reflexión.
Carme Maté, texto 2, 23/04/2008
El desarrollo tecnológico y científico técnico de nuestra especie es único - prefiero no utilizar el término cultura, pues bajo ese concepto encontramos manifestaciones en diferentes especies de primates y de cetáceos por comentar los más conocidos-. En cambio, la base de nuestro “cerebro social” la compartimos con otros primates por eso cuando se estudian y describen las interacciones sociales que se producen dentro de un grupo de chimpancés se ponen de manifiesto las semejanzas. Para remarcar las semejanzas y las diferencias es imprescindible resumir brevemente cómo es la vida social de los chimpancés. Recomiendo el libro de la Política de los chimpancés de Frans de Waal y los escritos por Jane Goodall .
El chimpancé en sociedad
La vida social de los chimpancés es sutil y compleja, en ella se observa la reciprocidad, la inteligencia estratégica y la capacidad de comprender y manipular las situaciones triádicas. En la organización social de los chimpancés existen dos niveles: uno caracterizado por un orden de rangos muy definido entre los individuos dominantes (en los machos), y otro entramado de posiciones de influencia (más típico de las hembras).
Los saludos, todo un mundo de significados
Los diferentes tipos de salutaciones que se producen entre chimpancés sirven para confirmar la jerarquía social en cada momento, son como indicadores del estatus. También tienen un efecto tranquilizador, para el macho dominante es una garantía de que su posición se reafirma.
Los conflictos y las coaliciones, un condimento básico
Cuando dos individuos entran en conflicto (peleándose o bien amenazándose), un tercero puede decidir entrar en el conflicto y ponerse de parte de uno de los contrincantes. El resultado es una coalición dos contra uno. En muchas ocasiones el conflicto se extiende y se forman coaliciones superiores. El análisis de estas interacciones muestra cómo los chimpancés actúan de manera selectiva en el momento de intervenir en un conflicto, observándose preferencias y antipatías que mantienen a lo largo de los años. Los indicadores de las diferentes fases del conflicto están basados en conductas concretas. Primero se suprime el saludo, después aumentan las amenazas, las persecuciones, los gritos y las exhibiciones. Incluso se observan rabietas de desesperación manifestadas por el perdedor del conflicto. Existen diferencias entre machos y hembras. Así, las coaliciones de los machos son independientes de los vínculos afiliativos que existan entre ellos, en cambio en las hembras están estrechamente relacionadas con los vínculos afectivos.
Buscando la reconciliación
Después de un conflicto, los implicados se sienten atraídos entre sí, y la rapidez con la que se reconcilian es un buen indicador de la importancia de la relación. Incluso se pueden observar reconciliaciones al minuto de haberse producido una pelea. Cuando se reconcilian, se besan, abrazan y después se acicalan.
Se podrían plantear objeciones, ya que sobre la dinámica de este tipo de interacciones sociales se ha registrado mucha información en grupos cautivos y nos preguntamos ¿Se observan coaliciones en su hábitat natural? ¿Son un factor importante en las relaciones entre los machos adultos? Los trabajos de campo a largo plazo en diferentes poblaciones de chimpancés, aportan datos en esta misma dirección, así las coaliciones son importantes en la determinación de las relaciones entre machos adultos y en el establecimiento de los respectivos grados de dominancia.
Ahora nos planteamos, ¿qué se necesita para que se produzca esta complejidad social en los chimpancés? Las habilidades básicas son: la empatía cognitiva y la conciencia de uno mismo. Cuanto más complejas sean las interacciones de un organismo con su medio (físico y social), más necesidad tendrá de conocerse a sí mismo. Para establecer paralelismos con las definiciones propuestas por Xus en su texto anterior, ofreceré la definición ofrecida por F. de Waal en su libro: Bien Natural. Según este autor, la empatía cognitiva es la habilidad de imaginarse a uno mismo en la situación del otro, mientras que la empatía sería la comprensión de la situación afectiva del otro que a su vez se diferenciaría de un ajuste aprendido. La empatía cognitiva se observa en los chimpancés, en los gorilas, los bonobos y los orangutanes, quizás esta habilidad más compleja requiere también cerebros más grandes para vivir en grupos sociales complejos y variables. El otro condimento para la complejidad social es la conciencia de uno mismo, la autoconciencia es la capacidad de ser consciente de su ser como algo diferente del ambiente y del resto de conespecíficos.
Ahora tenemos perfilados los elemento genéricos sobre la compleja vida social de los chimpancés ¿Qué semejanzas y diferencias podemos establecer con respecto a la empatía, la resolución de conflictos? ¿Podemos hablar de prejuicios en los chimpancés?
Texto 2 de respuesta al texto de Carmen.
La primera reflexión que me ha generado el texto de Carmen tiene que ver con su comentario sobre el prejuicio que supone considerar las sociedades jerarquizadas como no igualitarias. Consciente de las distancias, no puedo seguir su discurso si no es tomando como referencia nuestras sociedades adultas.
Incluso en las más igualitarias, de las que tengo mínimo conocimiento, se dan relaciones asimétricas. Factores como la riqueza o el nivel de desarrollo tecnológico y científico, cuando se presentan en grados diferentes en diferentes sociedades, o en los diversos grupos que conforman una determinada sociedad, necesariamente generan desigualdad.
Creo, desde mi experiencia de vida, que una sociedad gozará de tanta más cohesión cuanta más sensación tengan todos sus miembros de que la asociación les permite conseguir objetivos inasequibles para el individuo, les facilita la consecución de niveles progresivos de realización personal y de felicidad. Cuando “el otro” no es vivido como una amenaza sino como la condición para el propio desarrollo, entonces las agrupaciones, de uno u otro tipo, resultan una necesidad.
Debemos aceptar la siguiente premisa: las relaciones interpersonales representan los eslabones que permiten construir el entramado, sumamente complejo, que define nuestras sociedades y nos define como especie. Nuestra propuesta parte, precisamente, de las influencias mutuas entre los aspectos micro y macrosociales. Contemplamos la posibilidad de incidir sobre las macroestructuras sociales a partir de los cambios que podemos generar en las relaciones interpersonales.
Y al hacer esta aclaración no estamos sino reconociendo dos de los límites del intercambio que mantengo con Carmen. Conocerlos nos ayudará a ser cautelosos/as a la hora de comparar, generalizar o extraer conclusiones de dichas reflexiones. Hablamos de especies y de grupos de edad diferentes. Los comentarios de Carmen versan sobre las formas que adoptan las interacciones de los individuos jóvenes y adultos del grupo; los míos se circunscriben a los miembros más jóvenes de nuestra sociedad, las niñas y los niños de 3 a 12 años. Dicho esto, quisiera centrarme en la relación existente entre la cohesión social, la cooperación y la empatía.
Cuando Carmen comenta que la estructura jerarquizada de la organización social de los chimpancés no impide que, en situaciones de conflicto, los machos se coaliguen para desbancar al macho dominante, se alíen con una u otra de las partes que protagonizan un enfrentamiento, o busquen, en el caso de las hembras enfrentadas a otras hembras, el apoyo del macho dominante; estas conductas aparecen como manifestaciones de la cooperación.
Hablar de cooperación en las sociedades humanas supone, sin embargo, diferenciar el concepto de las situaciones de conflicto. Y en su definición –“acción de obrar conjuntamente con otro u otros individuos para conseguir un mismo fin” – encontramos sus requisitos: la conciencia de la existencia de un fin común y la voluntad de aunar esfuerzos para conseguirlo. Ahora bien, ¿cuándo y cómo surge esa conciencia?
Visualicemos una situación en el aula. Una niña de 3 años recoge piezas de construcción, de entre las esparcidas en el suelo, y las va apilando en forma de torre. Se le acerca un compañero. Tras observarla, y sin mediar ningún tipo de intercambio, empieza a colocar, él también, piezas sobre la torre. ¿Podemos, en este caso, hablar de cooperación o estamos, simplemente, ante un niño al que las acciones de su congénere despiertan el deseo de conseguir una torre alta y, sin considerar los deseos de ella, intenta realizarlo? Podríamos llegar a pensar, si la niña no le rechaza, que, efectivamente, están colaborando; pero no hablaríamos de cooperación si ella le aparta.
La reflexión que nos provoca situaciones de este tipo, habituales dentro y fuera del aula, nos permiten situar la cooperación en un plano que va más allá de un simple conjunto de acciones, superpuestas o alternadas, que -a los ojos de un observador- producen un resultado. La cooperación supone, en primer lugar, la conciencia de los propios intereses –sentimientos e ideas- y de la voluntad de conseguirlos. Pero requiere, también, de la conciencia de los intereses de las otras personas implicadas, de la capacidad de abstraer lo que unos y otros tienen en común, y de la habilidad de articularlos para alcanzar el objetivo propuesto, ahora compartido. Habilidades y capacidades, éstas, que, a su vez, necesitan del lenguaje y de un determinado nivel de desarrollo intelectual y afectivo. No en vano constituyen objetivos a conseguir a lo largo de toda la escolarización obligatoria.
Pero, si esto es así, ¿cómo calificar el trabajo de las abejas que construyen un panal, las tácticas de los lobos, cuando cazan en grupo, o las conductas de los delfines macho en celo, cuando se unen para seguir a las hembras? Evidentemente son tipos diferentes de cooperación. ¿Pero dónde radica la diferencia?
Queremos cerrar el bucle remarcando los lazos estrechos que mantienen la capacidad de contemplar los intereses –sentimientos e ideas- de otras personas, y la de coordinarse con ellas, por una parte, con la cooperación y de la empatía, y éstas con la cohesión social.
Para finalizar, y como punto de partida de las próximas reflexiones, quiero avanzar un interrogante que complementa los que han ocupado estas páginas. ¿Qué exige la cooperación en situaciones de conflicto?
Texto 3 respuesta al de Chus de 17/’4/2008
En su último texto Xus de Miguel especifica los ingredientes para una conducta cooperativa como son: tener unos intereses u objetivos, la voluntad de conseguirlos, identificar los intereses de los otros y coordinarse para alcanzar un objetivo común. Después, Xus de Miguel añade que eso sólo es posible con el lenguaje y otras capacidades cognitivas. Sin embargo, el lenguaje también puede ser gestual, no verbal, como por ejemplo el que utilizan los chimpancés para coordinarse y cazar un colobo, o los monos capuchinos cuando cazan ardillas voladoras. Por tanto, en mi opinión, más que lenguaje lo que se necesita es un nivel de comunicación eficaz para dicha coordinación y así se pueden explicar cómo trabajan las abejas, cómo cazan de manera coordinada de los lobos, así como las pescas cooperativas entre delfines y humanos.
Las conductas que podemos clasificar como cooperativas requieren, más que de habilidades cognitivas muy complejas, de un sistema comunicación eficaz. Así las abejas cumplen la segunda premisa pero no la primera. En cambio, las conductas cooperativas en primates y en cetaceos con estructuras sociales y cerebros complejos sí que ponen de manifiesto otras capacidades cognitivas como la empatia, las relaciones triádicas, las coaliciones o las reconciliaciones.
La resolución de conflictos, como la reconciliación, se observa en animales sociales, pero los protocolos de pacificación son pautas complejas. Requieren ingredientes básicos como la memoria que te recuerda la necesidad de superar un conflicto pasado para tener un futuro. De este futuro depende que los individuos puedan mantener relaciones afiliativas, apoyo en coaliciones y en definitiva dependencia mútua, condimentos que se observan tanto en los chimpancés como en nosotros y que favorecen la armonía. A veces no se puede ganar una disputa sin perder a un amigo, con la reconciliación se restaura el compromiso y las buenas relaciones, se mantiene la cooperación.
¿Cómo aprenden a hacer las paces los chimpancés?
El origen de les pautas de pacificación aparece en el primer conflicto de su vida: el destete. El destete es un conflicto de intereses con una compañera social necesaria para la supervivencia y que hasta el momento suministraba todo lo necesario. Entre una madre y una cría se producen encuentros y desencuentros hasta que se resuelven mediante un compromiso. Lo esencial es mantener el vínculo con la madre a pesar de las discrepancias, y son éstas las que sientan las bases de la resolución posterior de conflictos. Las reconciliaciones con los iguales también se aprenden pronto en los contextos de juego cuando derivan en peleas en las que pueden intervenir las madres para proteger o favorecer a su cría.
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Exiten estilos de dominancia, agresión y reconciliación que dependen del entorno social en el que se aprenden, como lo demuestran los trabajos realizados por Robert Sapolsky con papiones en la sabana del Masai-Mara. Este estudio consistía en el seguimiento conductual y fisiológico de varios grupos de papiones para medir el nivel de estrés provocado por vivir en grupo. En la zona de estudio había un grupo de papiones cuyos machos, muy agresivos, conseguían “invadir” el territorio de otro grupo para abastecerse en el vertedero de una instalación turística. Estos machos se imponían siendo muy agresivos, tanto en el propio grupo como en los otros.. Todo cambió sin embargo, cuando comieron carne infectada por tuberculosis. Así el grupo de los machos beligerantes perdió una buena parte de sus individuos, en concreto a los más agresivos, y se convirtió en un grupo donde disminuyeron los incidentes agresivos y aumentaron las sesiones de acicalamiento. Tras estas bajas, el grupo mantuvo su pacifismo, tolerancia, una elevada frecuencia de acicalamiento y un bajo nivel de estrés. Otros experimentos con diversas especies de primates también demuestran que la reconciliación es una habilidad social adquirida y que las tendencias para hacer las paces dependen de la especie, del sexo y del contexto social.
Al observar estas pautas de reconciliación para resolver los conflictos en los chimpancés y en otros primates sociales, me pregunto: ¿Existe una conducta espontánea de reconciliación en los humanos? ¿Cómo reducimos o superamos de forma espontánea nuestros conflictos? Por eso me gustaría plantearle a Xus de Miguel si en los años que llevas trabajando en la resolución de conflictos ha visto de forma no pautada cómo resuelven los conflictos los niños y niñas en las escuelas?
Texto 3 de Xus en respuesta al texto 3 de Carme
El conflicto como algo negativo
Un comentario se repite, desde hace 14 años, en los centros a los que acudo para formar en relaciones interpersonales, “En nuestra escuela hay pocos conflictos”, insiste el profesorado. Toda una declaración de principios respecto a una situación, la conflictiva, que se conceptualiza como necesariamente negativa.
Tendemos a asociar los conflictos con peleas, golpes o gritos. Estas son algunas de las formas que adoptan, pero no las únicas. Las lágrimas, los insultos, los gestos ofensivos, los empujones, o incluso el silencio, pueden ser otros tantos indicios de que, en un momento determinado, en un lugar concreto, existe un problema de relación. En último término, lo que ponen de manifiesto, unos y otros, es la incapacidad de las personas implicadas para gestionar de manera adecuada sus diferencias, en una determinada situación. Atribuimos un significado negativo al conflicto porque tendemos a identificarlo con “conflicto mal resuelto”, con agresión y sufrimiento.
Pero ni las diferencias que nos caracterizan como individuos y conforman la diversidad social de que hacemos gala -ideas, intereses, sentimientos, expectativas y deseos-, necesariamente tienen que desembocar en conflictos. De la misma manera, las formas de afrontar los conflictos -de ideas, de intereses o de expectativas- tampoco implican, necesariamente, agresión, injusticia o sufrimiento.
Conflictos similares año tras año
¿Por qué entonces, en las aulas y en los patios de nuestras escuelas, los conflictos se repiten, en los mismos, o parecidos términos, año tras año? Es decir, los problemas que tienen las criaturas de 2 y 3 años los volvemos a encontrar a los 6, a los 8 y hasta los 12 años. Estos problemas aparecen en situaciones diversas como por ejemplo cuando los niños tratan de compartir materiales, espacios o juegos; cuando necesitan coordinar sus acciones o sus puntos de vista para llegar a acuerdos, cuando tienen que considerar los sentimientos o los deseos de sus iguales, o cuando se enfrentan a las diferencias.
Palabras o gestos mágicos para “resolver” el conflicto
Las reacciones ante la situación conflictiva, tampoco presentan grandes variaciones en los diferentes grupos de edad. Responder de manera airada ante una agresión, recurrir a la persona adulta para que solucione el problema, huir del escenario del problema o esperar a que el paso del tiempo lo solucione, son algunas de las conductas que se repiten de manera habitual, tanto entre las criaturas más pequeñas como entre el alumnado de los cursos superiores. Otro bloque importante de respuestas lo conforman gestos como el darse la mano o abrazarse, y fórmulas verbales del tipo “perdón”, “no lo volveré a hacer” o “¿hacemos las paces?”, que calificamos de “mágicas” puesto que pretenden resolver el problema sin cuestionar lo sucedido. Menos son las ocasiones en las que apelan al diálogo como forma de enfrentar el conflicto, y aún menos las que pueden concretar sus términos para que resulte efectivo.
Las similitudes entre estas conductas y las que Carmen nos explica de los chimpancés, son evidentes. Incluso entre los individuos adultos de una y otra especie. Son semejantes las formas y parece haber la misma necesidad de “superar el pasado para tener un futuro”.
Superar el pasado para tener un futuro
Ahora bien, hablar de “superar el pasado para tener un futuro”, ¿no supone, en el caso de nuestra especie, desarrollar la capacidad de afrontar, de manera cada vez más adecuada, los problemas que se nos van presentando en los diferentes ámbitos que conforman nuestra realidad física y social? Sí, diríamos sin dudarlo. Y la afirmación resulta válida si la referimos a los aspectos científicos, tecnológicos o artísticos, de la realidad. No podemos ser tan rotundos/as cuando pensamos en las maneras que tenemos de enfrentarnos a nuestras diferencias, de afrontar nuestros problemas de relación. Hablo de los niños y las niñas de diferentes edades, y hablo de las personas adultas. ¿Por qué en este ámbito la evolución de las conductas no es tan evidente?
Texto 4 de Carme en respuesta al texto 3 de Xus
Xus de Miguel plantea una cuestión básica sobre el aprendizaje en la resolución de conflictos desde la perspectiva de las estrategias individuales de afrontamiento. Lo traduzco a los términos que se utilizan en primatología, así la resolución de conflictos se equipara a la reconciliación. Para dar respuesta a lo que cuestiona sobre la capacidad de responder de manera adecuada a los problemas sociales, hay que tener en cuenta que los estilos de dominancia, de agresión y de reconciliación dependen del entorno social en el que se aprenden. Así la reconciliación es una habilidad social adquirida y, por lo tanto, las tendencias a la reconciliación varían en función de las especies, el sexo y las sociedades.
Un ejemplo de variación en función del contexto social
En el centro primatológico Yerkes, en Atlanta juntaron dos especies de macacos, los rhesus y los cola de cerdo. Los macados rhesus son agresivos, continuamente se amenazan y atacan para mantener el orden de prioridad jerárquico, en cambio, los macados cola de cerdo son más tranquilos, amenazan y agraden menos, podríamos decir que son más tolerantes. Los rhesus al principio amenazaban y pretendían intimidar más a los cola de cerdo, que prácticamente les ignoraban cuando hacían sus despliegues amenazadores –agresivos. El tiempo modificó sus actitudes pues no conseguían nada con las amenazas y se volvieron “estilo cola de cerdo”, es decir, más tolerantes .
La reconciliación varía en función del sexo
Durante el proceso de reconciliación, las hembras chimpancés pueden engañar. Una hembra hace las pautas para reconciliarse para que la otra se acerque, se besen y abracen, momento que utiliza la agraviada para morderla y descargar golpes contra ella. En los machos las reconciliaciones pueden ser tensas, o necesitar mediadoras pero no hacen trampa.
En los bonobos también se observan diferencias entre machos y hembras en la capacidad de reconciliarse. Las hembras se reconcilian más, probablemente porque para ellas es importante reafirmar la dominancia, y porque dependen de una red de alianzas que necesita solidaridad. En cambio, los machos tienen menos capacidad de reconciliación, probablemente porque carecen de la intensa cooperación de los chimpancés machos que es necesaria para cazar, mantener las alianzas políticas y defender el territorio.
La variación en función de las sociedades
Probablemente la agresividad está relacionada con la reconciliación, así el grupo más agresivo puede tener más mecanismos para hacer las paces que el que es más pacífico. La principal razón para la reconciliación puede ser la motivación por los fines compartidos, cuando en los grupos sociales se establecen relaciones de dependencia mutua, a la par se desarrollan habilidades para favorecer la armonía.
Chimpancés, bonobos y humanos afrontamos dilemas sociales similares, debemos superar contradicciones parecidas en la pugna por el rango, las posibles parejas y los recursos. Todos nos aplicamos para encontrar soluciones diferentes, quizás la diferencia más notoria es que los humanos pueden sopesar más opciones.